¡Alarma! ¡Alarma!

Buscar consuelo en los dulces, una conocida señal de alarma ante el estrés y la frustración, como ilustra simpáticamente esta fotografía de Rick, que cuenta con Algunos derechos reservados.

Ya hemos hablado aquí como el estrés es una respuesta natural de nuestro organismo a situaciones de crisis. No debemos alarmarnos pues si nos sentimos alterados durante un breve periodo en el que tenemos un exceso de trabajo, nos estamos preparando para un examen, estamos cambiando de casa o cualquier otra situación de la vida que cambie nuestras costumbres y nos exija mayores esfuerzos. El problema sobreviene cuando lo que debía ser un “breve periodo” se alarga. Pero ¿cómo detectar cuando se trata de un estrés “bueno” y cuando llega la hora de actuar? A continuación te indicamos algunos signos que envía tu cuerpo para avisarte de que quizá, sea el momento de tomarte un respiro.

- Problemas de alimentación. Son muchas las personas que tienden a vincular la alimentación con su estado de ánimo. Si notas que estás comiendo mucho más de lo acostumbrado, o tiendes a consumir más productos procesados y azúcares o, por el contrario, has perdido el apetito o “te olvidas de comer” para luego picar “cualquier cosa”, es hora de actuar. Especialmente, si estos malos hábitos tienen por resultado cambios drástico de peso. Por otra parte, cuidar la alimentación y llevar horarios ordenados de comidas nos ayuda a estar más tranquilos y fuertes para hacer frente a las situaciones de estrés.

- Problemas de sueño. Es uno de los síntomas más habituales. Eso sí, vivimos en un país muy noctámbulo y, a menudo, el insomnio se disfraza de trasnochar o dejar trabajo (u ocio) para altas horas de la noche.

Si aparecen los trastornos de sueño, debemos actuar. No es una cuestión baladí y no se remedia con más café ¡Al contrario! El insomnio nos vuelve irascibles además de bajar nuestra resistencia ante el estrés. Así, si no atajamos el problema entraremos en un círculo vicioso que podría describirse como: menos horas de sueño = menos tolerancia al estrés = más consumo de bebidas excitantes = menos horas de sueño… y vuelta a empezar. Programar ocho horas de sueño, desconectar de todo tipo de pantallas (televisión, internet y smartphones), cenar ligero y un poco de lectura, música tranquila o un ejercicio de relajación antes de irnos a la cama, serán mano de santo en este caso.

- Cambios en el carácter. Por desgracia, trasmitimos nuestra intranquilidad a cuantos nos rodean. El estrés continuado, si además acaba derivando en problemas de sueño, nos vuelve más irritables. Nos sentiremos más sensibles, incluso ligeramente paranoicos, con todo tipo de pensamientos negativos y susceptibles ante cualquier cosa. Puede pasar al contrario: como mecanismo de defensa ante la situación que nos produce el estrés, nos volvemos abúlicos, “pasamos de todo” o nos insensibilizamos en extremo.

Si alguien cercano y “de confianza” te ha llamado la atención sobre alguno de estos aspectos, debes escucharle y poner remedio.

- Actitudes “peligrosas”. En situaciones de estrés es posible que comamos más o menos (en cualquier caso, siempre peor) y que durmamos menos, pero mucho más peligrosas e igualmente síntomas de este mal son las conductas adictivas. Si fumamos más de la cuenta (o hemos pasado de fumadores “sociales” a fumadores con todas las de la ley), bebemos un poco para tranquilizarnos o bien abusamos de excitantes como la cafeína, para compensar las horas de sueño, ha llegado el momento de echar el freno en nuestra vida y empezar a cuidarnos.

- Síntomas físicos. En los casos anteriores, podría decirse que el cuerpo nos grita socorro. En otros casos, el cuerpo envía señales más complicadas de entender para la mente. El estrés puede transformarse en todo tipo de problemas psicosomáticos. Dolores de espalda y cervicales, problemas en el aparato digestivo, cefaleas o migrañas, son algunos de las formas más frecuentes en las que nuestro cuerpo nos da “un aviso”.

En cualquier caso, debemos atender a nuestro cuerpo y cuidarlo (¡y no vivir de espaldas a él!) ante cualquiera de estas señales. Si la situación nos desborda, debemos pedir ayuda a profesionales. Aunque no debemos dejar que esto suceda y poner remedio de manera sencilla y natural en cuanto saltan las alarmas.

Lidiar con el estrés… naturalmente

Salir al aire libre o entrar en contacto con la naturaleza son formas sencillas de “desconectar” y relajarnos, como relajante es la imagen de Ted and Jen que ilustra este texto y que tiene Algunos derechos reservados.

Tener pequeños periodos de estrés es algo normal para cualquier persona. Lo ha sido siempre. Sin embargo, la cantidad de tareas del mundo de hoy y la velocidad de nuestras vidas han ayudado a aumentar la frecuencia e intensidad de esos momentos de ansiedad.

El estrés existe y vive con nosotros. Está en nuestro día a día, así que saber hacer frente a los problemas generados por el estrés antes de “echar mano al botiquín” (es decir, optar por la medicación tradicional) es una buena idea. Si por cualquier razón no puedes usar tu iD-Stress, he aquí una lista con propuestas para encontrar momentos de calma o hacer frente a situaciones de ansiedad.

- Ya sea un examen, llegar a fin de mes o un problema con tu pareja, identifica qué te está produciendo la situación de ansiedad. Una vez conozcas la causa, analízala y ve si puedes cambiar alguna circunstancia del problema o tu punto de vista. Pero sobretodo no confundas “pensar mucho” (sobreanalizar de manera improductiva) con “pensar bien” (tratar de encontrar soluciones) sobre tu problema. Si se convierte en causa de pensamientos circulares, trata de apartarlo de tu mente durante un buen rato.

- Deshazte del desorden. Cuánto más ordenada esté tu vida, más fácil es solucionar los problemas en cuanto aparecen, ¡y son pequeños! No te enfrentes a una superlimpieza y a poner la casa patas arriba, eso sí. Trata, muy relajadamente, de tener tu espacio un poco más ordenado y despejado.

- Intenta llevar una vida más saludable: aliméntate de forma equilibrada, olvídate de sustancias excitantes, si puedes, trata de limitar el consumo de alcohol, café; ten una buena higiene de sueño y trata de dormir al menos ocho horas; haz ejercicio, aunque sea un refrescante paseo a paso ligero por el parque más cercano; pero sobre todo, encuentra tiempo para estar con tus amigos y seres queridos.

- Aunque es importante tener metas en la vida y querer progresar, en ocasiones es mejor concentrarse en pequeños objetivos a corto plazo. Siguiendo con el ejemplo anterior, es más sencillo tener la casa limpia y ordenada y que aspirar a poseer ¡ya! la casa de tus sueños. Es más fácil y satisfactorio resolver todas las tareas de tu to do list del día que frustrarse por un ascenso que no llega.

- Aprende a relajarte. Si te sientes alterado y crees que puede desencadenarse un episodio de ansiedad intenta desconectar: sal a dar un paseo (¡sin móvil!), dedica un rato a cuidar de tus plantas o mascotas, encuéntrate con un amigo o ser querido y conversad un rato en un lugar tranquilo. ¿Tienes alguna afición? Dedícale un rato a ese hobby que sabes te traerá la calma.

- Haz ejercicios de relajación y respiración en tu iPhone con iD-Stress.

Si empiezan a aparecer síntomas de estrés, como irritabilidad, falta de sueño y apetito, etc no esperes a que sea demasiado tarde. Echa mano de las muchas soluciones que hay antes de empezar con las pastillas. Antes de acudir al médico en busca de un remedio químico, trata de encontrar dentro de ti la energía para parar esas sensaciones antes de que nos desborden. Para empezar: ¡sonríe!

El estrés, una epidemia moderna

Una mujer visiblemente angustiada, en este retrato de Evil Erin, que cuenta con algunos derechos reservados.

Cuesta pensar que hace poco más de dos décadas, la palabra estrés apenas figuraba en nuestro vocabulario. Por entonces, era un mal propio de ejecutivos y empresarios, casi percibido como una señal de estatus entre los muy ocupados.

Sin embargo, a lo largo de los últimos años el estrés se ha ido instalando en nuestro lenguaje y en nuestra vida hasta convertirse en un problema al margen de la situación social, la edad o el momento de la vida: niños y adolescentes con problemas de concentración por un exceso de actividades sociales y expectativas sobre su rendimiento escolar; por supuesto, profesionales de todo ámbito; pero también amas de casa o futuras mamás viven con angustia su situación vital.

Pero, ¿qué es el estrés? Aunque ahora lo cataloguemos de como un mal contemporáneo, el estrés consiste en una respuesta refleja natural a situaciones que ponen en riesgo nuestra salud o bienestar. Es decir, si percibimos un peligro, se enciende una alarma en nuestro cuerpo que nos pone en tensión para defendernos. Esta respuesta natural tenía mucho sentido hace miles de años cuando nos dedicábamos a cazar y vivíamos en contacto con la naturaleza (de hecho, seguro que es gracias al estrés que uno de nuestros antepasados salvó su pellejo y gracias a esto estamos ahora aquí).

Este estrés “bueno” sigue ayudándonos en determinados momentos, activándonos y poniéndonos en alerta antes de una importante reunión, por ejemplo, o cuando se produce una situación de crisis en nuestra vida (una enfermedad de alguien cercano, una ruptura sentimental, etc) y debemos, pese a la natural tristeza, seguir adelante.

Esta respuesta fisiológica, que tienen una función temporal, parece haberse convertido en la manera de funcionar en nuestro día a día. Si el estrés aparece y no tiene visos de terminar en un periodo de nuestra vida sin esas grandes crisis, es cuando se convierte en algo perjudicial para nuestra salud. El mundo que ahora habita un 70% de la humanidad es el perfecto caldo de cultivo para que un inocente mecanismo de defensa nos amargue la vida: la vida en la ciudad, el tráfico, las prisas, la constante “conexión” con el trabajo, mediante smartphones, el miedo a “perdernos” algo, los retos profesionales y, cómo no, la crisis económica actual puede parecernos una amenaza mayor los animales salvajes que preocupaban a nuestros tatarabuelos prehistóricos.

Cuando aparecen estos estados de ansiedad, no se deben asumirse como “normales” sino debe ponerse remedio para evitar que la angustia se cronifique y acabe por afectarnos a la salud. Además de hacernos poco o nada felices, que no es poco.