La adrenalina moviliza la energía disponible en el cuerpo para darnos la fuerza muscular necesaria a la hora de enfrentarnos o de huir de una situación grave o amenazante.
Los efectos de la adrenalina sobre nuestro organismo son instantáneos. Por ejemplo, los pulmones, la garganta y las fosas nasales se abren para permitir la entrada de más aire o bien las pupilas se dilatan. En consecuencia, nuestros sentidos se desarrollan y están en alerta.
Además de la adrenalina, hay otra hormona que también hace efecto: el cortisol. En el día a día, cuando estamos sometidos al estrés, el cortisol cobra una función importante porque mantiene el equilibrio energético del cuerpo.
En el proceso del estrés, el cortisol se activa para que el organismo reaccione ante el peligro. Transforma las grasas dentro del cuerpo en azúcar para apoyar la acción de la adrenalina.
El cortisol moviliza la energía contenida dentro de los azúcares para enviarla a ciertas regiones precisas del cuerpo, principalmente, a los músculos (ej. brazos y piernas) para que tengan una eficacia máxima en caso de una demanda de esfuerzo físico o necesidad muscular puntual. Por el contrario, otros órganos como los de la digestión, y también el sistema inmune, dejan de funcionar porque sus necesidades pasan a ser secundarias en caso de estrés agudo. Por esta razón, se almacena en forma de tejido adiposo alrededor de la cintura (michelines) y nos podemos llegar a sentir hinchados. Si el estrés es repetitivo, hay consecuencias para nuestro organismo.
El cortisol secretado por las glándulas suprarrenales (situadas encima de los riñones) puede resultar nefasto a largo plazo y afectar al cerebro con síntomas tales como problemas de memoria, dificultades de aprendizaje o falta de concentración.
Múltiples estudios científicos muestran un desequilibrio hormonal ligado al estrés puede provocar patologías cardiovasculares, depresiones u obesidad, entre otras.
Una vez que comprendemos como funciona y se adapta nuestro organismo, recae sobre nosotros saber gestionar las situaciones, las emociones y saber dirigir nuestra concentración.
Tener una buena concentración también nos permitir saber dirigir nuestros pensamientos y, por consiguiente, nos ayudar a movilizar nuestros recursos. De este modo, utilizaremos la propia energía para tener un estrés positivo con una buena adrenalina y cortisol.
Algunos de los beneficios de la concentración tienen que ver con la mejora de la calidad de vida. Por ejemplo, se ha comprobado en numerosas observaciones científicas, que aquellas personas que incorporaban la concentración a sus vidas mediante diversas técnicas de relajación, disminuyan sus niveles de ansiedad y estrés. La concentración también permite potenciar aptitudes personales relativas a la creatividad y la empatía, tan importantes para un buen desarrollo de las relaciones interpersonales.
De no menor importancia, la concentración posibilita la consecución de metas o sueños concretos mediante una práctica disciplinada de la atención. Sin duda, una persona que estudia o que trabaja concienzudamente sobre algo, o que sencillamente desea mejorar su estilo de vida, puede encontrar en la concentración una aliada que le permitir equilibrar sus emociones y percibir el mundo verdaderamente de otro modo.
Para eliminar los efectos negativos, y también de modo preventivo, podemos practicar el ejercicio de concentración que está en los tratamientos de iD-Stress. Así, poco a poco aprenderemos a contemplar emociones como la angustia, el miedo y la aprehensión. Estas emociones se convertirán entonces en un objeto que podremos observar con objetividad, sin que estas emociones negativas nos invadan.
Saber gestionar bien esta capacidad de concentración antes de un examen, en una entrevista de trabajo, una reunión o simplemente en nuestra vida cotidiana, nos permitir vivir nuestra vida de una modo exitoso y, de esta forma, recuperar la confianza en uno mismo.
Ana Lombard | @anaenlace

