
Una mujer visiblemente angustiada, en este retrato de Evil Erin, que cuenta con algunos derechos reservados.
Cuesta pensar que hace poco más de dos décadas, la palabra estrés apenas figuraba en nuestro vocabulario. Por entonces, era un mal propio de ejecutivos y empresarios, casi percibido como una señal de estatus entre los muy ocupados.
Sin embargo, a lo largo de los últimos años el estrés se ha ido instalando en nuestro lenguaje y en nuestra vida hasta convertirse en un problema al margen de la situación social, la edad o el momento de la vida: niños y adolescentes con problemas de concentración por un exceso de actividades sociales y expectativas sobre su rendimiento escolar; por supuesto, profesionales de todo ámbito; pero también amas de casa o futuras mamás viven con angustia su situación vital.
Pero, ¿qué es el estrés? Aunque ahora lo cataloguemos de como un mal contemporáneo, el estrés consiste en una respuesta refleja natural a situaciones que ponen en riesgo nuestra salud o bienestar. Es decir, si percibimos un peligro, se enciende una alarma en nuestro cuerpo que nos pone en tensión para defendernos. Esta respuesta natural tenía mucho sentido hace miles de años cuando nos dedicábamos a cazar y vivíamos en contacto con la naturaleza (de hecho, seguro que es gracias al estrés que uno de nuestros antepasados salvó su pellejo y gracias a esto estamos ahora aquí).
Este estrés “bueno” sigue ayudándonos en determinados momentos, activándonos y poniéndonos en alerta antes de una importante reunión, por ejemplo, o cuando se produce una situación de crisis en nuestra vida (una enfermedad de alguien cercano, una ruptura sentimental, etc) y debemos, pese a la natural tristeza, seguir adelante.
Esta respuesta fisiológica, que tienen una función temporal, parece haberse convertido en la manera de funcionar en nuestro día a día. Si el estrés aparece y no tiene visos de terminar en un periodo de nuestra vida sin esas grandes crisis, es cuando se convierte en algo perjudicial para nuestra salud. El mundo que ahora habita un 70% de la humanidad es el perfecto caldo de cultivo para que un inocente mecanismo de defensa nos amargue la vida: la vida en la ciudad, el tráfico, las prisas, la constante “conexión” con el trabajo, mediante smartphones, el miedo a “perdernos” algo, los retos profesionales y, cómo no, la crisis económica actual puede parecernos una amenaza mayor los animales salvajes que preocupaban a nuestros tatarabuelos prehistóricos.
Cuando aparecen estos estados de ansiedad, no se deben asumirse como “normales” sino debe ponerse remedio para evitar que la angustia se cronifique y acabe por afectarnos a la salud. Además de hacernos poco o nada felices, que no es poco.